Rosas sobre cemento armado :
Apocalipsis nuclear
más allá del vórtice.
Allí
donde todos se mojan con radioactividad
ante la insuficiencia de plomo en sus muros
Que dicen proteger de la inclemencia
de un exterior corrupto de neutrones.
Unos muros desgastados
que comienzan a agrietarse violentamente
porque algo crece entre sus esquinas.
Terror en los habitantes de la colmena
ante la incertidumbre de lo desconocido.
Porque lo que ha crecido entre el plomo
son pétalos de rosa roja.
Que anuncian la hermosa posibilidad
de que la vida se ha abierto camino.
miércoles, 19 de enero de 2011
sábado, 25 de diciembre de 2010
miércoles, 22 de diciembre de 2010
A proposito de TRON: LEGACY
Por norma, suelo evitar la nostalgia, ese sentimiento malicioso que todo lo embellece y todo lo deforma en nuestros recuerdos. Primero por que nos hace creer que todo fue mejor de lo que realmente fue, y segundo por que es la prueba maliciosa de que nos vamos haciendo viejos; del implacable paso del tiempo sobre nuestro organismo y que cualquier tiempo pasado jamás volverá.
Por eso el cine se ha vuelto una inconsciente máquina del tiempo. Un anhelo emocional que evoca cosas como: Yo hice aquello, yo estuve allí… ¿Y que es la cinefilia sino una constante masturbación emocional de aquellos tiempos pasados que todos vivimos o creímos vivir alguna vez?.
Yo tenía ocho años en 1982, había llorado a moco tendido viendo E.T. ( ¿y quien no lo hizo? ), pasaba unos días de vacaciones, y ante el miserable panorama de una tarde aburrida, mi tío nos llevó al cine a ver una película elegida al azar. Así descubrí TRON, insólito producto de la factoría Disney con diseños futuristas del gran Jean Giraud Moebius y Syd Mead que me dejó alucinado a todos los niveles.
Por que en 1982 los efectos digitales eran una novedad absoluta, los videojuegos de Atari irrumpían en el mercado y los teclados Spectrum se abrían camino. Todavía faltaba la salida al mercado de la novela Neuromante de William Gibson para que conociésemos términos como ciberpunk o ciberespacio. TRON se adelantó a su tiempo y pagó cara la apuesta de una inversión de 18 millones de dólares, hoy pura calderilla, pero demasiada pasta en aquel lejano 82, y más para unos tipos tan codiciosos como la corporación Disney.
Pero el tiempo lo pone todo en sus sitio y las videoconsolas y la generación playstation
elevaron los efectos digitales y de animación del primer TRON, a unos artesanales trucos ilusorios dignos del pionero de comienzos del siglo XX George Melies, siendo a día de hoy la obra más recordada de su realizador; Steven Lisberger, juguete roto a partir de entonces e inactivo forzoso desde Slipstream (89).
Es verdad que hoy cualquiera con un mac o un PC crearía trucos visuales más espectaculares que todo lo visto en el primer TRON, y ahí radica el principal problema de su remake / secuela TRON: LEGACY. Ahora los efectos digitales están al alcance de cualquiera y la inocencia que poseían los añejos trucos del primer TRON se ha visto totalmente superada por la brutal revolución informática que hemos sufrido a lo largo de 28 años. La última generación nació con un portátil bajo el brazo y ya no se sorprende con nada. La inocencia de los primeros gráficos computerizados, hace tiempo que se perdió.
Al shock visual que supuso AVATAR, le seguirán una legión de productos dispuestos a superarla a toda costa. A crear el más difícil todavía, a rejuvenecer la cara de Jeff Bridges para empanar al personal, aunque simular digitalmente a un ser humano sigue siendo utópico de momento y la operación “cante” a falsete por muchos millones de dólares (entre 170 y 200) que haya de por medio. Lisberger se limita a ejercer de productor y el debutante Joseph Kosinsky toma las riendas con más corrección que brillantez, por que (¡ay!) TRON: LEGACY, se apoya sobre pies de barro; es decir, un guión mediocre (firmado a cuatro manos por Eddy Kitsis y Adam Horowitz) que se limita a ser un púding de guiños cinéfilos a Star Wars , Matrix, y otras fuentes harto reconocibles en esa odiosa moda del topicazo apto a todas las edades y de fácil digestión. Tan fácil que no te provoca ninguna emoción digna de ser recordada. ¿Y que es lo que importa?, su impactante envoltorio en forma de brillante diseño de producción de Darren Gilford, eso sí, directamente inspirado en la cinta original y los efectos digitales de la compañía de James Cameron: Digital Domain, principal competencia de la ILM de Lucas.
John Lasseter hubiera hecho maravillas con la odisea de un hijo resentido en busca de su padre perdido en un mundo informático, pero PIXAR no cogió las riendas de este proyecto como debió haber sido, donde no se sabe a ciencia cierta quienes son los reyes de la función… No son ni Jeff Bridges en su doble papel de Kevin Flynn y su avatar malvado Clu (Dr. Jeckyl y Mr. Hyde, ¿ les suena de algo? ). Ni su rebelde hijo Sam Flynn (Garret Hedlund) defensor radical del software libre ( ¿una pose fácil de cara a una corporación tan puritana como la Disney ? ) en plan rebelde anti-sistema apto para todos los públicos, en un intento algo infantil de ganarse a la generación Hacker . Ni la preciosa Olivia Wilde como la programa/ guardaespaldas Quorra, ni un desaprovechado Michael Sheen como un maestro de ceremonias a lo CABARET.
Son quizá los franceses DAFT PUNK con sus teclados a sintetizador ochentero y sus mascaras high tech, los reyes de la función en una primera hora que evoca lo mejor del original: los combates de lanzamiento de disco y las motos de estela de luz. Para revelar sus debilidades en la segunda parte de su metraje (guión superficial hasta lo infantil, personajes de cartón piedra sin profundidad alguna, situaciones desaprovechadas , resueltas de un plumazo, y final adivinable a más no poder).
La ambición por llegar al máximo de espectadores hace que la pasión de Sam y Quorra nunca se consuma (aquí no hay beso); nunca sabemos nada de los programas exterminados en masa por Clu, en una alusión superficial a los genocidios, ni de ese presunto grupo de resistencia a lo Matrix, que aparece y desaparece sin mayor explicación y mucho menos de ese aire Nazi que se gasta Clu y su prole. No pasan de simples guiños que podrían haber dado mucho más de sí.
Pero lo peor que le puede pasar a TRON: LEGACY es que se quede obsoleta a nivel digital con más rapidez que su modelo original. La tecnología informática avanza constantemente y está al alcance de cualquiera. Los efectos digitales ya no sorprenden como lo hacían los viejos trucos de raíz artesanal, todo parece demasiado fácil y la sensación de comida rápida que suelen producir las superproducciones actuales ya no producen ese culto de antaño. Todo se consume rápido y se olvida sin remordimiento, por que no hay pasión, y aquella inocencia de hace años, que nos producía la ilusión de descubrir algo nuevo cada vez que entrábamos a una sala de cine, se ha perdido. Eso sí, siempre hay excepciones, pero TRON: LEGACY no es una de ellas.
Por eso el cine se ha vuelto una inconsciente máquina del tiempo. Un anhelo emocional que evoca cosas como: Yo hice aquello, yo estuve allí… ¿Y que es la cinefilia sino una constante masturbación emocional de aquellos tiempos pasados que todos vivimos o creímos vivir alguna vez?.
Yo tenía ocho años en 1982, había llorado a moco tendido viendo E.T. ( ¿y quien no lo hizo? ), pasaba unos días de vacaciones, y ante el miserable panorama de una tarde aburrida, mi tío nos llevó al cine a ver una película elegida al azar. Así descubrí TRON, insólito producto de la factoría Disney con diseños futuristas del gran Jean Giraud Moebius y Syd Mead que me dejó alucinado a todos los niveles.
Por que en 1982 los efectos digitales eran una novedad absoluta, los videojuegos de Atari irrumpían en el mercado y los teclados Spectrum se abrían camino. Todavía faltaba la salida al mercado de la novela Neuromante de William Gibson para que conociésemos términos como ciberpunk o ciberespacio. TRON se adelantó a su tiempo y pagó cara la apuesta de una inversión de 18 millones de dólares, hoy pura calderilla, pero demasiada pasta en aquel lejano 82, y más para unos tipos tan codiciosos como la corporación Disney.
Pero el tiempo lo pone todo en sus sitio y las videoconsolas y la generación playstation
elevaron los efectos digitales y de animación del primer TRON, a unos artesanales trucos ilusorios dignos del pionero de comienzos del siglo XX George Melies, siendo a día de hoy la obra más recordada de su realizador; Steven Lisberger, juguete roto a partir de entonces e inactivo forzoso desde Slipstream (89).
Es verdad que hoy cualquiera con un mac o un PC crearía trucos visuales más espectaculares que todo lo visto en el primer TRON, y ahí radica el principal problema de su remake / secuela TRON: LEGACY. Ahora los efectos digitales están al alcance de cualquiera y la inocencia que poseían los añejos trucos del primer TRON se ha visto totalmente superada por la brutal revolución informática que hemos sufrido a lo largo de 28 años. La última generación nació con un portátil bajo el brazo y ya no se sorprende con nada. La inocencia de los primeros gráficos computerizados, hace tiempo que se perdió.
Al shock visual que supuso AVATAR, le seguirán una legión de productos dispuestos a superarla a toda costa. A crear el más difícil todavía, a rejuvenecer la cara de Jeff Bridges para empanar al personal, aunque simular digitalmente a un ser humano sigue siendo utópico de momento y la operación “cante” a falsete por muchos millones de dólares (entre 170 y 200) que haya de por medio. Lisberger se limita a ejercer de productor y el debutante Joseph Kosinsky toma las riendas con más corrección que brillantez, por que (¡ay!) TRON: LEGACY, se apoya sobre pies de barro; es decir, un guión mediocre (firmado a cuatro manos por Eddy Kitsis y Adam Horowitz) que se limita a ser un púding de guiños cinéfilos a Star Wars , Matrix, y otras fuentes harto reconocibles en esa odiosa moda del topicazo apto a todas las edades y de fácil digestión. Tan fácil que no te provoca ninguna emoción digna de ser recordada. ¿Y que es lo que importa?, su impactante envoltorio en forma de brillante diseño de producción de Darren Gilford, eso sí, directamente inspirado en la cinta original y los efectos digitales de la compañía de James Cameron: Digital Domain, principal competencia de la ILM de Lucas.
John Lasseter hubiera hecho maravillas con la odisea de un hijo resentido en busca de su padre perdido en un mundo informático, pero PIXAR no cogió las riendas de este proyecto como debió haber sido, donde no se sabe a ciencia cierta quienes son los reyes de la función… No son ni Jeff Bridges en su doble papel de Kevin Flynn y su avatar malvado Clu (Dr. Jeckyl y Mr. Hyde, ¿ les suena de algo? ). Ni su rebelde hijo Sam Flynn (Garret Hedlund) defensor radical del software libre ( ¿una pose fácil de cara a una corporación tan puritana como la Disney ? ) en plan rebelde anti-sistema apto para todos los públicos, en un intento algo infantil de ganarse a la generación Hacker . Ni la preciosa Olivia Wilde como la programa/ guardaespaldas Quorra, ni un desaprovechado Michael Sheen como un maestro de ceremonias a lo CABARET.
Son quizá los franceses DAFT PUNK con sus teclados a sintetizador ochentero y sus mascaras high tech, los reyes de la función en una primera hora que evoca lo mejor del original: los combates de lanzamiento de disco y las motos de estela de luz. Para revelar sus debilidades en la segunda parte de su metraje (guión superficial hasta lo infantil, personajes de cartón piedra sin profundidad alguna, situaciones desaprovechadas , resueltas de un plumazo, y final adivinable a más no poder).
La ambición por llegar al máximo de espectadores hace que la pasión de Sam y Quorra nunca se consuma (aquí no hay beso); nunca sabemos nada de los programas exterminados en masa por Clu, en una alusión superficial a los genocidios, ni de ese presunto grupo de resistencia a lo Matrix, que aparece y desaparece sin mayor explicación y mucho menos de ese aire Nazi que se gasta Clu y su prole. No pasan de simples guiños que podrían haber dado mucho más de sí.
Pero lo peor que le puede pasar a TRON: LEGACY es que se quede obsoleta a nivel digital con más rapidez que su modelo original. La tecnología informática avanza constantemente y está al alcance de cualquiera. Los efectos digitales ya no sorprenden como lo hacían los viejos trucos de raíz artesanal, todo parece demasiado fácil y la sensación de comida rápida que suelen producir las superproducciones actuales ya no producen ese culto de antaño. Todo se consume rápido y se olvida sin remordimiento, por que no hay pasión, y aquella inocencia de hace años, que nos producía la ilusión de descubrir algo nuevo cada vez que entrábamos a una sala de cine, se ha perdido. Eso sí, siempre hay excepciones, pero TRON: LEGACY no es una de ellas.
viernes, 15 de octubre de 2010
Crítica literaria para RED DE CIENCIA FICCIÓN:
Y PESE A TODO… de Juan de Dios Garduño.
Jorge Zarco Rodríguez
Todos los aficionados al terror de nuestra generación; los ochenta, crecimos leyendo a Stephen King y viendo las películas de Zombis de George A. Romero, las mejores con diferencia hasta que llegó Danny Boyle y sus 28 días después. A partir de ahí se generó una fiebre tanto en cine como en cómic y literatura por “cambiar” al zombi tradicional haciéndole más peligroso, más rápido, más mutante e incluso más inteligente. Sin olvidarnos de Jaume Balagueró, Paco Plaza y REC. Eso sí, salvo pocas excepciones su gusto por la carne humana fresca seguía intacto y la metáfora social que el zombi simboliza como esa violencia que se apodera del homo sapiens cuando esa fina capa llamada civilización se resquebraja por cualquier acto fortuito de nuestra ambigua e imprevisible conducta … creo que saben de sobra de que hablo. De todos los libros de los que he podido hablar hasta ahora, este es uno de esos casos insólitos en que he podido conocer en persona al autor: Juan de Dios Garduño. En tiempos de novelas de a duro hubiera firmado como John God Garduño (eh, eh, eh… es broma) pero estos son tiempos en los que autores en lengua castellana han de firmar sus trabajos sin avergonzarse de sus orígenes, con nombres y apellidos como debe ser. Aunque se escriba como lo haría un autor americano, ambientando su trama en Bangor, estado de Maine, la América profunda, rural, que vota republicano y es temerosa de Dios y amante de las armas. Sí, sí, como lo haría Stephen King, ya que Y PESE A TODO es un homenaje al autor de terror más popular y del que han bebido todos los autores de su generación (con perdón de Peter Straub y Clive Barker). Un paisaje nevado, el silencio tras una guerra global infectada de armas biológicas y dos vecinos con un rencor mutuo al que circunstancias que se salen (totalmente) de lo normal volverán a acercar intereses comunes tan vitales como la supervivencia, un tema que también conecta con otro autor tan ochentero e imprescindible como el cineasta John Carpenter que adaptó a King. Y zombis diferentes, albinos, parecidos a Gárgolas, más mutantes que podridos y quien sabe, quizá los futuros herederos de la tierra, o quizá no. Escrita con agilidad, se lee rápido y hace guiños continuamente a los personajes y lugares comunes de las novelas de King: Dos vecinos; uno frente a otro, uno con una hija y un perro, el otro amante de las armas y la cerveza y en medio criaturas producto de una tercera guerra mundial insólita pero no imposible, ya que la posibilidad de usar antes armas biológicas que nucleares no es en absoluto una exageración. Otra cosa serían las consecuencias de esas armas… Si el terror nos encanta es por que permite meter una situación totalmente irreal dentro de un contexto cotidiano y hacerla verosímil. Quizá la guerra y los zombis son solo un pretexto para hablar de una reconciliación entre dos vecinos, quizá forzosa y obligada por las circunstancias, pero que deja un poso de esperanza a pesar de que el horror la niegue en cada momento. Supervivientes enloquecidos, la espera constante de un ataque en cada momento y el acoso de las criaturas a los cercados protagonistas; ese guiño definitivo al film que lo comenzó todo: La noche de los muertos vivientes Pero Garduño es en el fondo optimista y permite ver que siempre hay esperanza por desesperada que sea la situación y a mi parecer el libro tiene un gran aliciente: Su extensión; es corta y no rellena ni agota páginas inútilmente en unos tiempos de mamotretos parecidos a interminables guías telefónicas. Y eso se agradece.
Y PESE A TODO… de Juan de Dios Garduño.
Jorge Zarco Rodríguez
Todos los aficionados al terror de nuestra generación; los ochenta, crecimos leyendo a Stephen King y viendo las películas de Zombis de George A. Romero, las mejores con diferencia hasta que llegó Danny Boyle y sus 28 días después. A partir de ahí se generó una fiebre tanto en cine como en cómic y literatura por “cambiar” al zombi tradicional haciéndole más peligroso, más rápido, más mutante e incluso más inteligente. Sin olvidarnos de Jaume Balagueró, Paco Plaza y REC. Eso sí, salvo pocas excepciones su gusto por la carne humana fresca seguía intacto y la metáfora social que el zombi simboliza como esa violencia que se apodera del homo sapiens cuando esa fina capa llamada civilización se resquebraja por cualquier acto fortuito de nuestra ambigua e imprevisible conducta … creo que saben de sobra de que hablo. De todos los libros de los que he podido hablar hasta ahora, este es uno de esos casos insólitos en que he podido conocer en persona al autor: Juan de Dios Garduño. En tiempos de novelas de a duro hubiera firmado como John God Garduño (eh, eh, eh… es broma) pero estos son tiempos en los que autores en lengua castellana han de firmar sus trabajos sin avergonzarse de sus orígenes, con nombres y apellidos como debe ser. Aunque se escriba como lo haría un autor americano, ambientando su trama en Bangor, estado de Maine, la América profunda, rural, que vota republicano y es temerosa de Dios y amante de las armas. Sí, sí, como lo haría Stephen King, ya que Y PESE A TODO es un homenaje al autor de terror más popular y del que han bebido todos los autores de su generación (con perdón de Peter Straub y Clive Barker). Un paisaje nevado, el silencio tras una guerra global infectada de armas biológicas y dos vecinos con un rencor mutuo al que circunstancias que se salen (totalmente) de lo normal volverán a acercar intereses comunes tan vitales como la supervivencia, un tema que también conecta con otro autor tan ochentero e imprescindible como el cineasta John Carpenter que adaptó a King. Y zombis diferentes, albinos, parecidos a Gárgolas, más mutantes que podridos y quien sabe, quizá los futuros herederos de la tierra, o quizá no. Escrita con agilidad, se lee rápido y hace guiños continuamente a los personajes y lugares comunes de las novelas de King: Dos vecinos; uno frente a otro, uno con una hija y un perro, el otro amante de las armas y la cerveza y en medio criaturas producto de una tercera guerra mundial insólita pero no imposible, ya que la posibilidad de usar antes armas biológicas que nucleares no es en absoluto una exageración. Otra cosa serían las consecuencias de esas armas… Si el terror nos encanta es por que permite meter una situación totalmente irreal dentro de un contexto cotidiano y hacerla verosímil. Quizá la guerra y los zombis son solo un pretexto para hablar de una reconciliación entre dos vecinos, quizá forzosa y obligada por las circunstancias, pero que deja un poso de esperanza a pesar de que el horror la niegue en cada momento. Supervivientes enloquecidos, la espera constante de un ataque en cada momento y el acoso de las criaturas a los cercados protagonistas; ese guiño definitivo al film que lo comenzó todo: La noche de los muertos vivientes Pero Garduño es en el fondo optimista y permite ver que siempre hay esperanza por desesperada que sea la situación y a mi parecer el libro tiene un gran aliciente: Su extensión; es corta y no rellena ni agota páginas inútilmente en unos tiempos de mamotretos parecidos a interminables guías telefónicas. Y eso se agradece.
Saw 6: cortes dentro y fuera de la pantalla
Se supone que vivimos en una democracia que abolió la censura franquista en 1978 con la constitución Se supone que la clasificación “S” para películas fuertes hace ya años que pasó a mejor vida y se supone que somos uno de los sistemas de exhibición más tolerantes de la Europa comunitaria… El primer aviso sobre la ola de doble moral que se nos avecinaba vino con la retirada de los cines franceses de BAISE MOI (2000) de la novelista y cineasta Vingine Despentes por una denuncia de la extrema derecha francesa retirándola a los cines porno. Aquí se estrenó en las salas de arte y ensayo, cada vez más minoritarias como las salas X, y a la vez alardeábamos de ser más tolerantes que los franceses, hasta finales de 2009. Si algo ha demostrado la prohibición y luego la censura sobre la sexta entrega de la saga SAW, ha sido que nosotros también pecamos de doble moral, sobretodo si vamos alardeando de “librepensadores” y de “tolerantes” por el mundo con la tijera por debajo. Y es que algo huele a podrido en todo esto, viniendo de una ministra de (in)cultura que era guionista y perteneciente a un gobierno “tolerante”. Pienso que siendo un ataque a una película no minoritaria, a la que simplemente se hubiera negado el estreno, como le ha pasado a PIRAÑA 3-D, MARTYRS y otras, sino perteneciente a la saga de más éxito de los últimos años y con una taquilla más que asegurada, las razones podrían ser otras. Más bien me parece una venganza personal de la industria nacional contra la todo poderosa Hollywood que ha “robado” público a nuestro cine desde el nacimiento del cine sonoro. Un desquite efímero y un tiro por la culata, por que ha justificado las bajadas ilegales de Internet, ya que hay un dicho de que todo lo que es prohibido termina dándose a conocer de una u otra forma. Y ha dejado en evidencia a los doble moralistas que van de “progres” por el mundo, ¿acaso nuestras películas de los ochenta como el ATAME de Almodóvar no eran clasificadas X en los USA? Por qué entonces ahora vamos de castradores. Alguien dijo, que la censura, era lo más cercano al fascismo dentro de una democracia y eso no es bueno para nadie. Por que si quieren controlar el pirateo de Internet, lo peor que pueden hacer es ir prohibiendo y mutilando, ya que la bajada de la red, se convertirá en este y otros muchos casos, en la única opción posible.
miércoles, 18 de agosto de 2010
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